El silencio: parte del diálogo

Redacción: Camilo Genta – Foto: Luis Ángel Espinosa / Cathopic
Cuando el pasado 26 de febrero, Miércoles de Cenizas, durante la audiencia general el Papa Francisco llamaba a “desconectarse del celular y conectarse con el Evangelio” [i] pocos podían intuir cuán profundas se podían volver sus palabras unos pocos días después.
Aquel llamado se ha convertido para muchos en algo especialmente arduo, no solo por la dependencia que hemos contraído con estos dispositivos, sino también porque en estas últimas semanas se han transformado en nuestra ventana al resto del mundo. Es el lugar por el que estamos en contacto con las noticias que van surgiendo en nuestro país y en el mundo, pero además nos dan la posibilidad de hablar con nuestra familia, nuestros amigos y, para los que tienen la bendición de conservarlo, poder realizar el trabajo diario.
Esta situación de distanciamiento voluntario, que no necesariamente tenemos que vivir como aislamiento o confinamiento, también ha puesto a prueba nuestra paciencia, nuestra creatividad y nuestra capacidad de discernimiento, entre lo esencial y lo accesorio, entre lo que vale la pena darle nuestra atención y esmero, y lo que se ha convertido en cotidiano pero en el fondo sabemos que no nos sirve para nada.
Y de estas últimas cosas, de las que no nos sirven para nada, es de las que debemos desconectarnos. Empezar a preguntarnos hasta dónde nos es necesario y humano llenarnos de información, imágenes, palabras, ruidos, luces y reacciones, que además de violentas y absurdas no nos ayudan a ser mejores padres, abuelos, hijos, nietos, amigos, vecinos… en definitiva, personas.
Para muchas personas el aislamiento y el confinamiento se viene arrastrando hace tiempo, mucho antes de esta pandemia, y tal vez estas últimas semanas no han hecho más que reafirmarlos. Y tal vez es a ellas que deberíamos prestarle, hoy más que nunca, nuestro tiempo y nuestros oídos.
Un silencio lleno de esperanza
Pero aquellas palabras de hace un mes y medio del Papa Francisco, que hoy resuenan como si hubiesen sido pronunciadas hace mucho más tiempo, también nos traen un mensaje de gran esperanza. Aquella desconexión con los celulares, con la televisión, con los dispositivos de toda marca, precio y color a la que nos llamaba el Papa, es la que nos permite entrar en el desierto con Jesús, porque “dialogar en silencio con el Señor nos devuelve la vida”.
Es este silencio, que no solo es ausencia de ruido, un componente necesario para establecer el diálogo con Dios, para escuchar lo que tiene para decirnos y no ser tanto nosotros los que hablemos. Ante Él hacemos silencio por respeto, pero también porque su misterio nos supera, supera todas nuestras palabras, anhelos y pensamientos.
Y es necesario que también hagamos silencio, porque el silencio es fundamental para la comunicación, con Jesús y con los demás. En cualquier conversación el silencio habilita a que el otro se exprese, nos permite pensar lo que vamos a decir y muchas veces con nuestro silencio expresamos mucho más que mil palabras.
Pero el silencio habilita algo más, habilita a que nuestras palabras cobren un sentido más profundo. Cuando nos convertimos en una usina de gritos, de ira, de vanidad y agresión, las palabras no son más que munición para el combate. Sin embargo, cuando dejamos lugar al silencio y al diálogo profundo con Dios y los demás, nuestras palabras se convierten en fuente de esperanza, sobre todo para aquellos que más nos quieren y necesitan.
Desde el Club Católico te proponemos para estos días que nos quedan de Semana Santa y para los que nos quedan de distanciamiento social, que recemos para que pasen pronto, y pensemos de qué forma podemos ser para los demás, nuestras familias, amigos, vecinos, portadores de esperanza.
Y qué mejor forma de hacerlo que en el silencioso diálogo con el Señor.