La búsqueda de la felicidad y el sentido de la vida

Redacción: Miguel Pastorino – Foto: Rocío / Cathopic

Una de las grandes paradojas de nuestro tiempo es la cantidad de cursos, conferencias y libros que proliferan sobre la felicidad, al mismo tiempo que crecen los suicidios en una cultura donde el vacío existencial es un drama cotidiano y extendido. Un filósofo francés como Alain Badiou recientemente critica la felicidad reducida a bienestar, donde se confunde ser feliz con “satisfacción”, con “pasarlo bien”, con “sentirse bien”, y es claro que eso es una caricatura frustrante de la felicidad. Badiou afirma que la felicidad es una negación de la satisfacción, es su superación. Ya hace décadas Julián Marías en su célebre libro sobre “La Felicidad Humana” dedicaba un capítulo al problema de reducir la felicidad a “Bienestar”, y esto ha crecido en una sociedad donde el pseudoparaíso del consumo ofrece cápsulas de felicidad por doquier. Amplificado por las redes sociales hoy asistimos a un exhibicionismo de una felicidad artificial. Hay que mostrar por todas partes que se es muy feliz y que se lo pasa muy bien. Las imágenes retocadas de las redes sociales, la selección de momentos “paradisíacos” para mostrar a todos lo bien que se vive, es lo que Lipovetsky ha denominado: “Superexhibición de la felicidad”, donde consumimos el espectáculo de la vida “feliz” de los otros. Hacer alarde de satisfacción ha adquirido derecho de ciudadanía: las vacaciones fueron “geniales”, la vida que llevamos es “fantástica, increíble”. Pero en el fondo hay una ausencia, una falta, un anhelo de algo de lo que no se dispone y que parece no estar disponible. Por ello hay que huir a la diversión, que es lo contrario a la concentración, hay que refugiarse en la dispersión, que es lo opuesto a la reflexión. Hoy somos empujados a vivir en la superficie, para no mirar hacia el abismo del vacío que anida en el fondo del alma. Hoy muchos psicólogos hablan de los excesos de la obsesión con la felicidad, lo cual parecería generar el efecto contrario: personas que se ven a sí mismas como infelices por la idealización de “una vida feliz”. Algunos incluso intentan medir la felicidad, en esta suerte de fe religiosa en los datos.

¿Se puede medir la felicidad?

La Universidad de Columbia realiza hace ya unos años el informe sobre la felicidad mundial que contempla un total de 157 países (World Happiness Report). Cada año muchos países cambian de lugar en el ranking y es notorio que la pobreza, el desempleo y las crisis económica son factores que algunos autores entienden como determinantes, aunque en otros países no parecen ser relevantes.

En el año 2011 se publicó un artículo en el Journal of Economic Behavior & Organization, titulado “Dark contrasts”, sobre la paradoja de que los países “más felices” son los que tienen más altos índices de suicidio. Una interpretación del hecho es que en los países donde hay altos niveles de “calidad de vida”, los que no pueden acceder al estilo de vida de sus contemporáneos sufren por envidia una gran frustración. Me parece un poco ingenua la interpretación, atrapada en una visión reducida de la felicidad y de la frustración existencial.

Por otra parte, aparecen indicadores sobre lo que se necesita para ser feliz, desde hábitos saludables hasta la calidad de las relaciones. ¿Pero son causas o consecuencias de una vida feliz? Se apela así religiosamente a las neurociencias -que parecen una nueva metafísica materialista-, y aparecen académicos explicando por qué somos más o menos felices según indicadores y según la propia percepción de la felicidad. Pero hay preguntas que no aparecen que tal vez relativicen esos números: ¿Qué es la felicidad? ¿Es solo bienestar psíquico y material? ¿Por qué personas que tienen todas las cosas deseables son profundamente infelices?

Ya Aristóteles, hace más de dos milenios escribía que la felicidad no depende del éxito personal, ni de la riqueza, ni el honor. Porque esos objetivos son efímeros, no dependen de nosotros y nos obligan a vivir pendientes de ellos, con el permanente temor a perderlos. El sentido original en el que los pensadores clásicos entendieron la felicidad era lo contrario a lo que hoy suele pensarse, y podríamos traducirlo por “una vida lograda”, una vida plena, donde lo importante no es el “tener”, sino el “ser”.

Hay autores que, desde la psicología, la filosofía y la educación insisten cada vez más en que cuanto más nos obsesionamos por que nuestros hijos sean felices y se sientan siempre bien, sobreprotegiéndolos y consintiéndolos en todos sus deseos interminables, solo les causará más frustraciones y una gran incapacidad para hacerse fuertes interiormente y construirse como personas. Muchos viven en un constante aburrimiento porque nada les cuesta y cuando algo se les vuelve difícil no lo toleran y lo abandonan.

Ante esta situación, una cosa es clara: Quienes buscan la felicidad, no parecen encontrarla. En cambio, quienes tienen una razón para vivir, un sentido de la vida, aun en medio de sufrimientos, son personas realizadas, felices, alegres y llenas de ilusión.

El neurólogo, psiquiatra y filósofo judío, Víctor Frankl, fundador de la Logoterapia y sobreviviente de campos de concentración nazis, escribe que la felicidad es la consecuencia de una vida con sentido, de una plenitud interior que no se ve aplastada por las circunstancias externas, por más duras que sean. Y el sentido lo encontramos, no lo inventamos. Descubrir que la vida tiene un propósito es la luz que hace posible caminar sin perderse en medio de las dificultades e incertidumbres.

¿Qué quiere decir “sentido de la vida”?

Cuando decimos “sentido de la vida”, ¿qué queremos decir? ¿cuál sentido? ¿cuál vida? Sin lugar a duda, cuando decimos “la vida” podemos hacer referencia a la vida como historia total, como el universo entero, y preguntarnos si tiene sentido todo lo que existe, si realmente hay una finalidad, un para qué en el origen del Universo. Pero también podemos entender “la vida” como nuestro “mundo”, y preguntarnos si el mundo es de verdad un cosmos, un orden, o en realidad es un caos sin sentido. Y también podríamos limitar la pregunta sobre a vida a la “vida biológica”, y preguntarnos si hay un sentido detrás de la evolución biológica, del nacimiento, el desarrollo, la reproducción, la enfermedad y la muerte. Pero la que nos interesa especialmente es la pregunta por el sentido de cada vida humana particular, como biografía, como historia personal, como un tejido de opciones libres, de aciertos y desaciertos, de éxitos y fracasos, de ilusiones y desilusiones. Claro que podríamos decir que la pregunta por el sentido de la vida personal no podría hacerse sin responder antes a las otras preguntas por la vida en un sentido más amplio. Y creo que es así, pero no obstante podemos hacer el camino inverso y empezar por la vida personal.

El sentido es siempre una realidad, un “algo” que es a la vez significado y orientación. El sentido es lo que da coherencia y razón a la vida y por ello felicidad. La cuestión del sentido podemos comprenderla siempre en su doble significado: como significado de mi vida ¿por qué es importante? ¿Cuál es la razón más profunda de que yo exista?, y como dirección u orientación, es decir ¿hacia dónde va mi vida? ¿a dónde se dirige? ¿para qué trabajo, vivo o muero? ¿tiene una finalidad mi vida?

Las respuestas que podamos encontrar a las preguntas por el sentido de nuestra vida nos devuelven la paz y nos llenan de alegría, en cambio la ausencia de respuestas nos puede sumergir en la angustia, en el vacío, o en la superficialidad que prefiere no hacerse preguntas.

Estas contradicciones las refleja Miguel de Unamuno con la crudeza que lo caracterizaba: “¿Por qué quiero saber de dónde vengo y a dónde voy, de dónde viene y a dónde va lo que me rodea, y qué significa todo esto? Por qué no quiero morirme del todo, y quiero saber si he de morirme o no definitivamente. Y si no muero, ¿qué será de mí?, y si muero, ya nada tiene sentido” (Del sentimiento trágico de la vida…).
No hemos elegido nacer, sino que nos tocó vivir. No elegimos muchas cosas, pero si cómo vivir la vida y qué hacer de ella. Escribió José Ortega y Gasset en El hombre y la gente, que “la vida no nos la hemos dado a nosotros mismos, sino que nos la hemos encontrado precisamente cuando nos encontramos a nosotros mismos”. Pero la vida que nos regaló, no se nos dio hecha, terminada, sino como una tarea, como un quehacer que cada uno tiene que realizar y cada uno la suya. Nos guste o no, nosotros decidimos mucho de nuestra vida y nos vamos haciendo con nuestras decisiones, siendo la vida siempre una realidad abierta y no un destino ciego prefabricado desde antes. Por eso somos responsables de la vida que construimos, porque no elegimos nacer, pero sí qué hacemos con nuestra vida y la actitud con la que vivimos las cosas que no elegimos. La vida es siempre incompleta, provisional, nunca concluida. Por eso también es imprevisible en muchos aspectos, llena de oportunidades, de límites y posibilidades.

La vida no se improvisa

La vida es tan rica y compleja que hay que distinguir lo accesorio de lo fundamental, lo superficial de lo esencial, buscando el hilo conductor y el significado que permanece en nosotros a pesar de cambios e imprevistos. Por ello es importante, que, aunque no podamos controlarlo todo y haya muchos acontecimientos que no dependen de nosotros y que nos afectan directa o indirectamente, sería irresponsable no tener en cuenta que hay mucho que sí depende de mí, de pensar, programar, discernir y proyectarme al futuro con realismo y serenidad. Cuando en la familia, desde pequeños aprendemos a ordenar las ideas y a orientar la vida, aprendemos a anticiparnos a posibles circunstancias que nos puedan tocar.

Improvisar, vivir a lo que se “vaya dando”, a que “todo fluya”, tiene algo de irresponsable y de ingenuidad. Si bien no hay que ser rígidos y comprender que muchas cosas se dan sin necesidad de ser programadas o forzadas, lo cierto es que usar la inteligencia para vivir nos hace correr con ventajas. Quien ha pensado y elegido un rumbo para su vida, ha decidido vivir en función de ciertos valores y con un determinado significado que le dará fuerza e ilusión, le dará un hilo conductor a la trama de la vida. Aunque siempre es posible un cambio, una rectificación y espontaneidad, porque la vida es una realidad abierta, la vida también necesita razones para seguir adelante, motivos para ser, un propósito por el que vivir. Sin embargo, lo que elijamos, también podemos recibirlo como propuesta, como oferta de sentido que nos viene desde otro y no desde nosotros mismos.

La respuesta cristiana al sentido de la vida

El sentido tiene mucho que ver con el llamado a llegar a ser uno mismo y no la copia de otro o a colmar las expectativas ajenas, es a fin de cuentas también una cuestión vocacional. La vocación en su sentido más amplio es el llamado a la realización de lo que soy y por ello es inseparable de la felicidad, del amor y del trabajo. En el contexto cristiano la vocación es la llamada de Dios, no un invento personal, es la llamada de Dios a una vida plena que se traduce en la amistad con él, en la comunión con él que empieza en esta vida y se hace plena más allá de la muerte. Esta dimensión vocacional de la fe cristiana también llena de sentido y le da un hilo conductor a toda la existencia. Si bien hay autores que creen que el sentido es solo algo construido por nosotros, hay otros como Víctor Frankl que sostienen que el sentido se encuentra, no se inventa. Pensar que es algo que construimos puede ayudar a vivir mejor, pero podemos quedar atrapados en una construcción subjetiva y solitaria de una ilusión creada por nosotros mismos sin anhelo de verdad. La pregunta más honda y radical es si existe un sentido realmente más allá de nosotros, si alguien es capaz de dar sentido a lo que somos, a nuestra vida y al universo entero. Y aquí solo es posible recibirlo mediante la fe, creyendo en la palabra de otro que nos asegura que sí hay un sentido real de nuestra vida. Para la fe cristiana el sentido (logos) se recibe, se encuentra, de descubre, pero no se inventa. Lo aceptamos en la fe y eso permite hallar un fundamento que no se reduce a una construcción psicológica, sino que nos llena de paz y alegría, porque la certeza en la que se funda no somos nosotros mismos, sino el amor de Dios que nos creó libremente. Descubrirse amados por Dios es la experiencia de mayor liberación del corazón humano que le permite ensanchar el horizonte existencial y encontrar fortaleza y paz en las situaciones más difíciles que tenga que enfrentar, así como tener un corazón agradecido por las pequeñas alegrías de cada día. Los cristianos no creemos en el destino, sino en la libertad que nos permite crecer, caernos y levantarnos, aprender y hacernos a nosotros mismos, pudiendo cerrarnos o abrirnos a la razón más profunda que sostiene todo lo que existe: “Amas a todos los seres y nada de lo que hiciste aborreces, pues, si algo odiases, no lo habrías creado”. (Sab, 11,22). La vida para los cristianos es don y tarea, es regalo de Dios y a la vez la gran misión que nos toca realizar.

En el contexto de la búsqueda del sentido emerge siempre el tema de la fe como opción, como decisión del hombre por la totalidad de su existencia. Y la fe no es el resultado de una ciencia particular con evidencias lógicas y pruebas irrefutables, sino que es un sí personal que se pronuncia desde la razón, la libertad y el coraje. Y todos, creyentes o ateos, tenemos que hacerse la pregunta y decidir cómo vivir. Y no podemos olvidar que del mismo modo que el creyente no tiene todo asegurado en sus certezas, el incrédulo tampoco tiene la certeza de que su ateísmo le salve y que no haya nada más allá de sus certezas, por lo que también vivirá con la incertidumbre de no tener todas las respuestas. La fe por eso es una ruptura arriesgada, porque siempre implica la osadía de ver en lo que no se ve, la osadía del salto hacia aquello de lo que no puedo disponer. La fe es siempre una decisión que afecta a la profundidad de la existencia, un cambio continuo al que se llega mediante una decisión firme y resuelta, llena de libertad y confianza. Es preciso tener coraje para hacerse la pregunta por el sentido de la vida, así como para lanzarse en la confianza de recibirlo.